Quieres ver a tu artista favorito. Entras en la cola virtual, esperas tu turno y, cuando por fin puedes comprar, descubres que el presupuesto que habías imaginado se ha quedado bastante corto. Entre zonas, gastos de gestión, opciones VIP y entradas Platinum, conseguir una entrada empieza a parecer una prueba de resistencia.
Y eso antes de sumar el viaje, el hotel o la camiseta que te llevarás de recuerdo.
Si alguna vez has pensado «¿qué está pasando con los conciertos?», no eres la única persona. Soy Marta Fabregat, vocal coach y cantante profesional, y después de más de veinte años trabajando en la música quería entender cómo hemos llegado hasta aquí.
He dedicado semanas a investigarlo para mi vídeo «La industria de los CONCIERTOS ha perdido la cabeza». Y lo que encontré va bastante más allá de unas entradas demasiado caras.
Pagar por estar allí… aunque no veas nada
En el vídeo hablo de las entradas «audio only» de Bruno Mars en Wembley: puedes entrar y escuchar, pero no ver el escenario. No es que tengas una persona altísima delante. Es que la entrada ya te avisa de que no vas a ver el espectáculo.
Casi hemos reinventado la radio, pero con desplazamiento y cola.
Puede haber fans a quienes les compense compartir el ambiente del estadio. Pero el ejemplo abre una pregunta interesante: ¿cuánto vale simplemente estar allí? Sobre todo cuando lo que nos venden alrededor del concierto es una experiencia visual cada vez más espectacular.
Entradas más caras, espectáculos más grandes
Nos hemos acostumbrado a pantallas enormes, escenarios que se transforman y producciones que parecen pequeñas ciudades. Queremos luces, efectos y momentos que nos dejen con la boca abierta. Todo eso requiere personas, materiales, transporte y muchas horas de trabajo.
Pero que montar una gira sea caro no explica por sí solo cualquier precio.
También importan las decisiones de artistas y promotores, las distintas categorías de entradas y el dinero que estamos dispuestos a pagar por una determinada ubicación. Una etiqueta que suena exclusiva no significa necesariamente que incluya una experiencia adicional.
Y mientras unos artistas llenan varias noches, otros se encuentran con localidades sin vender. ¿Estamos dando por hecho que el público puede pagar cualquier cantidad por todos los conciertos que le interesan?
Ticketmaster: una parte importante de una historia más grande
Cuando una compra se convierte en una pesadilla, es lógico mirar a la empresa que nos vende la entrada. Pero para entender el papel de Ticketmaster también hay que conocer su relación con Live Nation y con el resto del negocio del directo.
No basta con decir «pues que vendan las entradas en otra web».
En el vídeo explico esa historia, qué margen tienen los artistas y por qué el conflicto acabó en los tribunales. También repaso unos mensajes internos que, después de tantas horas intentando entender el sistema, me dejaron bastante descolocada.
Hay matices importantes. Y algunos momentos en los que cuesta no llevarse las manos a la cabeza.
Nos hemos acostumbrado a pantallas enormes, escenarios que se transforman y producciones que parecen pequeñas ciudades. Queremos luces, efectos y momentos que nos dejen con la boca abierta. Todo eso requiere personas, materiales, transporte y muchas horas de trabajo.
Pero que montar una gira sea caro no explica por sí solo cualquier precio.
También importan las decisiones de artistas y promotores, las distintas categorías de entradas y el dinero que estamos dispuestos a pagar por una determinada ubicación. Una etiqueta que suena exclusiva no significa necesariamente que incluya una experiencia adicional.
Y mientras unos artistas llenan varias noches, otros se encuentran con localidades sin vender. ¿Estamos dando por hecho que el público puede pagar cualquier cantidad por todos los conciertos que le interesan?
El concierto también ocurre en Instagram
Elegir la ropa, preparar el viaje y compartir recuerdos puede ser una parte preciosa de la experiencia. El problema aparece cuando empezamos a sentir que tenemos que ir porque todo el mundo está allí.
Eso es el FOMO: el miedo a perdernos algo.
De repente, ya no nos preguntamos únicamente cuánto nos gusta ese artista. Nos preguntamos cómo vamos a quedarnos fuera de lo que parece el acontecimiento del año.
Y no solo importa entrar, sino dónde conseguimos estar. En el vídeo recupero el momento de Laura Pausini hablando de las primeras filas y el revuelo alrededor de la casita de Bad Bunny.
Como cantante, este tema me toca especialmente. Con los focos delante, a veces apenas puedes ver más allá de las primeras filas. Sentir que esas personas están contigo tiene un valor enorme. Eso no significa que quien no canta no disfrute, pero sí invita a pensar qué ocurre cuando la atención se desplaza del escenario al móvil.
Nos quejamos… y seguimos queriendo ir
La parte incómoda es que podemos estar indignados con los precios y seguir deseando esa entrada. Yo también conozco esa contradicción.
Porque un concierto puede ser inolvidable. Escuchar en directo una canción que te ha acompañado durante años, rodeado de personas que sienten algo parecido, no se sustituye con una lista de reproducción.
La cuestión es distinguir lo que esa experiencia significa para nosotros de lo que estamos dispuestos a pagar por no quedarnos fuera.
Mira el análisis completo en YouTube
Si quieres conectar todas estas piezas, en el vídeo encontrarás ejemplos, imágenes y la investigación completa: desde Ticketmaster hasta los conciertos convertidos en viajes, las residencias de artistas y el papel que jugamos nosotros como público.
▶ Ver «La industria de los CONCIERTOS ha perdido la cabeza»
Y cuéntame allí: ¿cuál ha sido la entrada más cara que has pagado y volverías a pagarla?
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